DESNUDANDO LA MÚSICA: Huracán Dylan

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Nunca nos cansaremos de hablar del poder terapéutico de la música. Y liberador. Y en este caso no aludimos al aspecto psicológico o metafórico, sino al literal. El que consiguió que una injusticia no se olvidara y marcara el camino para que un hombre injustamente acusado y encarcelado durante casi dos décadas fuera por fin rescatado de la ignominia a la que fue sometido. No por ser una historia más que conocida vamos a pasarla por alto, porque, sí, nos emocionan los finales felices.

La de Rubin Huracán Carter hubiera podido ser una historia más. La del chico pobre y negro, delincuente de poca monta con antecedentes que pasan factura de por vida, carne de cañón para un sistema judicial, el americano, tristemente famoso por ser demasiado laxo en lo que a garantías legales de minorías se refiere (solo hay que repasar las estadísticas de población negra e hispana en el corredor de la muerte).

Los huesos de nuestro protagonista dieron por primera vez en una institución penitenciaria a los 14 años, cuando fue acusado de asalto al intentar defender a un amigo de un pedófilo. Huyó del reformatorio para alistarse en el ejército, en el que pasó tres años pero que no le evitó una futura condena por la fuga. Se aferró al boxeo para huir de una vida abocada a la delincuencia. Pero el destino tenía otros planes y no pensaba ponérselo fácil.

Primero, rozando la gloria en una final del campeonato del mundo de los pesos medios en la que una controvertida decisión otorgó la victoria a su contrincante, ante el asombro de público y prensa, para los que ya era el ganador incuestionable. Y año y medio después, tras acudir a la policía a declarar voluntariamente, de testigo pasó a ser acusado de tres asesinatos y condenado a tres cadenas perpetuas en un juicio rápido en el que no se tuvo en cuenta que los testigos no le reconocieran como autor de los crímenes, que otras personas alegaran que se encontraba en otro lugar cuando sucedieron los hechos o que superara el allí todopoderoso e incuestionable polígrafo.

Un jurado formado por doce componentes blancos y un juicio rápido decidieron su suerte en 1966 cuando contaba 29 años. Como cantó posteriormente Bob Dylan: In Paterson thats just the way things go. If you’re black you might as well not show up on the street less you wanna draw the heat (así es como son las cosas en Paterson. Si eres negro mejor no salgas a la calle si no quieres caldear el ambiente).

Nueve años más tarde, un Dylan en la cumbre de su carrera lee la autobiografía que el boxeador escribe desde la cárcel. Tan impactado quedó que fue a visitarle a la prisión de New Jersey y, más que convencido de su inocencia y de las irregularidades de su juicio, compone una extensa y descarnada canción publicada en su disco Desire (1976), número 1 en Estados Unidos y, con el apoyo de otros artistas (entre ellos Mohamed Alí) y gran parte de la opinión pública, comienza una campaña con el fin de recoger fondos para reabrir su causa (llegando incluso a actuar en el Madison Square Garden).

A pesar de que un juez declara su inocencia, la Fiscalía consigue ese mismo año otro juicio con veredicto de nuevo en contra, sin tener en cuenta que el testigo principal había modificado varias veces su versión y era un conocido delincuente con credibilidad más que dudosa.

Pero el caso no cayó en el olvido. Diez años más tarde la historia le llega a un adolescente analfabeto, Lesra Martin, quien se entrevista con Carter y convence a sus padres de acogida para que luchen por el caso.Su perseverancia  logrará que en el año 1985 un juez federal le absuelva por fin, acusando a la Fiscalía de racismo, coacción y manipulación en las declaraciones de testigos y mala fe durante los anteriores juicios.

La historia se hizo más universal si cabe después de que fuera llevada al cine en 1999 por Norman Jewison y protagonizada por Denzel Washington (ganador del Oso de Plata de la Berlinale, el Globo de Oro y nominado al Oscar por una interpretación en estado de gracia).

Lo de Bob Dylan fue más que una canción. 8 minutos y medio míticos de anatomía y disección de una historia terrible, con algún que otro párrafo censurado para evitar posibles querellas (tan explícito era en señalar nombres, apellidos y manipulaciones policiales). Aquí llega la historia de Hurricane, el hombre al que las autoridades culparon por algo que no había hecho. Le metieron en prisión, pero una vez pudo haber sido el campeón del mundo (…) Cómo la vida de un hombre puede estar en manos de idiotas (…) Me siento avergonzado de vivir en esta tierra donde la justicia es un juego. Ahora los criminales con sus abrigos y corbatas son libres bebiendo martinis y mirando el amanecer mientras Rubin se sienta como un Buda en una celda de diez pies (…)

Cuando salió de la cárcel, Rubin Carter dio una gran lección a todos. En lugar de regodearse en la ira sentenció; El odio me llevó a la cárcel pero el amor me sacó de ella. Hurricane, que había aprovechado sus años de cautiverio para estudiar leyes, dedicó el resto de sus días a luchar por las injusticias cometidas con otros, fundando la organización Inocencia Internacional, cuyo objetivo era examinar juicios y sentencias más que dudosas y evitar casos tan flagrantes como el suyo. Hasta que un cáncer de próstata acabó con su vida en abril de este año, no se cansó de pronunciar: Sigue luchando, porque la vida es una carrera de obstáculos que tienes que recorrer.

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Concha Gallén (Psicóloga & Coach)

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